sábado, 29 de mayo de 2010

bonhomía

Esta semana tenía pensado colgar una receta que preparé el otro día para cenar, pero cuando después de comer he echado un ojo a la prensa del fin de semana, he encontrado un bonito palabro que hacía mucho tiempo que no había oído y entonces he decidido hablar (o escribir) sobre él y dejar la receta para otro día.
El bonito palabro en cuestión es “bonhomía” y su significado, más que bonito, es hermoso.
Bonhomía es un término que procede del francés bonhomie y que según el DRAE significa: Afabilidad, sencillez, bondad y honradez en el carácter y en el comportamiento.
En los tiempos que corren, cada vez es más raro que una persona sea reconocida por los demás como alguien con esas características de “buen hombre” o “buena persona” (utilizando las palabras hombre y persona como genéricos, no como masculino o femenino) e intentar ser nosotros mismos un paradigma de bonhomía no deja de ser un reto asaz complicado.
Y en gran parte es complicado por las apreciaciones de su propia definición: “…en el carácter y en el comportamiento” lo que convierte las características de la bonhomía en todo un estilo de vida.
Lo que no deja de ser curioso es, precisamente, que nos resulte tan complicado ponerlo en práctica porque seguramente más de uno podríamos decir aquello de que “eso es lo que me enseñaron en casa y en la escuela cuando era pequeño”.
Por eso, qué bonito sería que intentáramos rescatar al niño que fuimos y que aprendió a ser “buena gente” y volver a ser no buenos a secas, ni ingenuos, sino personas plenas de bondad en el corazón y sencillez en las maneras.
A lo mejor no es tan difícil. La base ya la tenemos ¿la buscamos y la sacamos a relucir?


domingo, 23 de mayo de 2010

me salió rana

En cierta ocasión asistí a una conferencia en la que la ponente contó la historia de “la rana hervida”.
Dicen que si echamos una rana a un recipiente con agua muy caliente, ésta hará lo posible por salir de él y saltará hasta conseguirlo porque se siente amenazada. En cambio, si introducimos la misma rana en un recipiente con agua a temperatura ambiente, la rana se quedará nadando tranquilamente en él o descansando en el fondo. Si entonces vamos calentando el agua muy despacito, la rana se irá adaptando poco a poco a la temperatura y no hará ningún intento por salir hasta morir literalmente hervida.
Esta parábola es extrapolable al ser humano, ya que las personas podemos llegar a actuar de la misma manera que la rana y no percibimos los pequeños cambios de temperatura que van sucediendo en diferentes ámbitos de nuestra vida (laboral, sentimental…) y acabamos encontrándonos en una zona “cómoda” de la que nos cuesta salir.
Sea cual sea la situación en la que nos encontramos (aunque sea una situación horrible), la conocemos perfectamente y la tenemos controlada (ya se sabe, “más vale malo conocido…”).
Lo que es curioso es que si alguien nos preguntara si esa situación es así desde el primer día, la respuesta más segura sería que no, que se ha ido degradando poco a poco hasta llegar a ser como es y que si hubiera sido así el primer día, probablemente no hubiera habido un segundo (habríamos saltado como la rana de la historia al caer al agua hirviendo)
El simple hecho de pensar en salir de nuestra zona cómoda nos desestabiliza y nos bloquea (incluso podemos tener síntomas físicos como taquicardias, temblores, sequedad de boca…) y nos intentamos autoconvencer de no arriesgarnos al cambio. Inmediatamente después de decidir continuar en nuestra zona cómoda nos tranquilizamos porque no tenemos que hacer nada y porque dentro de ella lo conocemos todo y ahí no tenemos ningún riesgo que correr.
Solemos utilizar argumentos del tipo: si hacemos (o dejamos de hacer) tal cosa, es posible que todo nos vaya mucho peor.
Si, pero ¿y si al salir de nuestra zona cómoda lo que nos podamos encontrar fuera mucho mejor que lo que tenemos ahora? Pues estaríamos dejando escapar cosas positivas…
Evidentemente, nunca sabremos si el cambiar nos deparará mejoras sustanciales o terminará convirtiéndose en un error, pero si nunca lo intentamos, nunca sabremos lo que hay afuera esperándonos.
¿estamos “arranados”? es decir ¿estamos muy cómodos y muy a gusto donde estamos, con lo que tenemos… con nuestros resultados?
Si la respuesta es no ¿estamos dispuestos a salir de nuestra zona de confort?
Si la respuesta es sí, analicemos lo que no nos gusta de nuestra zona cómoda y preguntémonos si lo toleraríamos si fuera un primer día. No sería lógico esperar a que el agua hierva para escapar del recipiente o para morir en él.

domingo, 16 de mayo de 2010

congruencia

Congruencia es un bonito palabro que viene del latín (congruentia) y que según el DRAE, en su primera acepción, significa conveniencia, coherencia, reacción lógica.
Conozco pocos conceptos tan difíciles de llevar a cabo en la vida cotidiana, sobre todo en lo relativo a las relaciones personales y a la educación. Es difícil predicar con el ejemplo y mantener la coherencia para responder ante el mismo hecho sin dejarnos influir por nuestro estado de ánimo o por influencias externas.
A lo mejor esto es así porque la congruencia va muy de la mano con la honestidad, ya que una persona congruente sería aquella que vive según sus valores.
Somos congruentes cuando nos sentimos bien con nosotros mismos, pero tenemos que darnos cuenta y cuando no estamos en equilibrio, detenernos y analizar nuestra situación. Después, ponernos en acción e intentar ser congruentes con nuestros principios, nuestros pensamientos y nuestras acciones.
Cuando contradecimos lo que pensamos y lo que hacemos, tenemos muchos boletos para sentirnos frustrados ya que la congruencia no tiene que ser una actitud hacia fuera, de cara a la galería, sino más bien un compromiso con uno mismo y no se trata de intentar ser congruente de vez en cuando sino intentar convertirla en un estilo de vida.
El antónimo de congruencia es incongruencia.
Las personas incongruentes son las que hacen cosas “que no cuadran” con lo que predican. Piensan, por ejemplo, que la salud es lo más importante que tienen pero fuman como cosacos, no hacen ejercicio y descuidan su alimentación (¿qué pensarían de mi mis pacientes si vienen a que les ayude a perder peso y yo pesara 120 kilos?). O dicen que les deben la vida a sus padres pero los desatienden por completo.
Hasta para ser padres (o madres, no se nos enfade alguien) hay que ser congruente, sobre todo en la etapa en que queremos enseñar buenos modales, valores, buen comportamiento y otras muchas cosas. No podemos pensar por una parte que lo importante en la educación de los hijos no son solo las buenas palabras sino el ejemplo que les podemos dar y luego, por otra, discutir airadamente entre los padres y con los hijos. Un hijo siempre va a agradecer a sus padres la congruencia. De esta manera no los confundiremos y se acostumbrarán a llevar una vida congruente con naturalidad.
Hagámonos el favor de cambiar e intentemos, aunque sea difícil, combinar nuestro pensamiento con nuestro actuar y demostrémoslo en cada paso, cada palabra y cada acto ante los demás y ante nosotros mismos. Así comenzaremos a andar el camino que nos llevará a conseguir lo que queramos.

sábado, 8 de mayo de 2010

no como y engordo

En cierta ocasión, una paciente (muy sobrada de kilos, por cierto), hacía en la consulta la siguiente reflexión: “Mira, Jose Antonio, yo estoy gorda porque como. Y cuando una persona gorda como yo me dice que no come y engorda, le contesto: Vete a Somalia, a Biafra, a Etiopía... Allí, que de verdad no comen, busca. A ver cuantos gordos encuentras”.
Desde entonces, recuerdo la anécdota en multitud de ocasiones, ya que en multitud de ocasiones he oído la frase “no como y engordo”.
Cierto es que comiendo lo mismo unas personas engordan y otras no, o unas engordan más y otras menos, pero igual de cierto es que sin comer no se puede engordar. Esta diferencia depende del gasto energético de cada persona. Hay quien gasta más y quien gasta menos energía para mantener sus funciones corporales habituales, lo mismo que si cogemos dos coches de la misma marca y el mismo modelo, fabricados en la misma cadena de montaje y el mismo día y los ponemos en carretera a la misma velocidad, uno gastará más gasolina, o quemará más aceite, o desgastará más las ruedas que el otro.
Seguro que si vamos cuatro personas a comer a un restaurante, nos pesamos en una bascula de precisión justo antes de comenzar a comer, comemos y bebemos exactamente la misma cantidad y el mismo tipo de comida y bebida (pesado al miligramo) y nos volvemos a pesar en la misma báscula cuando nos levantamos de la mesa, la diferencia de peso respecto al inicial será distinta en cada una de las cuatro personas. Y esto es, como hemos dicho antes, porque el gasto de energía en digerir los alimentos, en la respiración, en los latidos del corazón, etc., es distinto en una persona que en otra.
Conclusión lógica: Si para mantener el peso necesitamos pocas calorías porque nuestro organismo es “ahorrador”, lo que tendremos que hacer es aumentar el gasto energético, es decir, hacer más ejercicio.

sábado, 1 de mayo de 2010

receta 24

Desde que era niño, el pollo ha sido uno de mis platos favoritos, independientemente de la forma en que estuviera preparado. Si bien es cierto que con los años me he ido "refinando" y ahora elegiría otros platos, también lo es que me sigue gustando mucho.

Aquí os dejo una receta de

POLLO A LA NARANJA

que me dio una paciente en la consulta y que está realmente rica.
Necesitamos un muslo de pollo (con su contramuslo) por persona humana que vaya a comer, naranjas, ajo, cebolla, perejil y tomillo, sal, pimienta y aceite de oliva.
Limpiamos bien el pollo quitándole la piel y los trocitos de grasa “visibles” y lo colocamos en una fuente honda (por cierto, una pregunta tonta. ¿si la piscina es honda el mar es toyota?), lo cubrimos con zumo de naranja y lo dejamos macerar un par de horas (si lo hacemos la víspera, puede estar 10-12 horas macerando en el frigorífico).
Una vez pasado el tiempo de maceración, sacamos el pollo del recipiente, lo salpimentamos y lo doramos en una cazuela con una cucharada de aceite por cabeza.
Cuando el pollo esté doradito, lo sacamos de la cazuela y lo reservamos. Entonces echamos en la cazuela la cebolla troceada, el ajo laminado, perejil picado y una ramita de tomillo y lo sofreimos todo.
Luego añadimos el pollo y el zumo de naranja de la maceración, tapamos la cazuela y dejamos cocer a fuego suave hasta que esté hecho (unos 20-25 minutos).

Si queréis quedar como unos señores (o señoras, según el ministerio de igual-dá) lo podéis servir en una fuente decorada con una naranja en gajos y/o en rodajas.

Esta es una versión apta para dietas de adelgazamiento, pero como siempre os digo, las recetas no tienen que ser "rígidas" y las podemos ir modificando a nuestro gusto (dejamos la piel, quitamos el tomillo, añadimos vino blanco o cointreau, rallamos una peladura de naranja, etc, etc...)

Y a comer (y a chuparse los dedos)